martes, marzo 18

Los buenos servicios


"Cuando madame Rosay vino a casa ya era tarde, y no se quedó más que un momento. En realidad mi casa es una sola pieza, pero como dentro tengo la cocina y lo que sobró de los muebles cuando murió Georges y hubo que vender todo, me parece que tengo derecho a llamarla mi casa. De todos modos hay tres sillas, y madame Rosay se quitó los guantes, se sentó y dijo que la pieza era pequeña pero simpática. Yo no me sentía impresionada por madame Rosay, aunque me hubiera gustado estar mejor vestida. Me tomó de sorpresa, y tenía puesta la falda verde que me habían regalado en lo de las hermanas. Madame Rosay no miraba nada, quiero decir que miraba y desviaba la vista en seguida, como para despegarse de lo que había mirado. Tenía la nariz un poco fruncida; a lo mejor le molestaba el olor a cebollas (me gustan mucho las cebollas) o el pis del pobre Minouche. Pero yo estaba contenta de que madame Rosay hubiera venido, y se lo dije.

-Ah, sí, madame Francinet. También yo me alegro de haberla encontrado, porque estoy tan ocupada... -Fruncía la nariz como si las ocupaciones olieran mal-. Quiero pedirle que... Es decir, madame Beauchamp pensó que quizá usted dispondría de la noche del domingo.

-Pues naturalmente -dije yo-. ¿Qué puedo hacer el domingo, después de ir a misa? Entro un rato en lo de Gustave, y...

-Sí, claro -dijo madame Rosay-. Si usted está libre el domingo, quisiera que me ayudara en casa. Daremos una fiesta.
-¿Una fiesta? Mis felicitaciones, madame Rosay.

Pero a madame Rosay no pareció gustarle esto, y se levantó de golpe.

-Usted ayudaría en la cocina, habrá tanto que hacer. Si puede ir a las siete, mi mayordomo le explicará lo necesario.

-Naturalmente, madame Rosay.

-Ésta es mi dirección -dijo madame Rosay, y me dio una tarjeta color crema-. ¿Estará bien con quinientos francos?

-Quinientos francos.

-Digamos seiscientos. A medianoche quedará libre, y tendrá tiempo de alcanzar el último métro. Madame Beauchamp me ha dicho que usted es de confianza.

-¡Oh, madame Rosay!

Cuando se fue estuve por reírme al pensar que casi le había ofrecido una taza de té (hubiera tenido que buscar alguna que no estuviera desportillada). A veces no me doy cuenta con quién estoy hablando. Sólo cuando voy a casa de una señora me contengo y hablo como una criada. Debe ser porque en mi casa no soy criada de nadie, o porque me parece que todavía vivo en nuestro pabelloncito de tres piezas, cuando Georges y yo trabajábamos en la fabrica y no pasábamos necesidad. A lo mejor es porque a fuerza de retar al pobre Minouche, que hace pis debajo de la cocina, me parece que yo también soy una señora como madame Rosay."


Los buenos servicios, Julio Cortázar






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3 comentarios:

Anónimo dijo...

hola, mmmmm tengo una duda, es este texto, el cuento completo de los buenos servicios??

Eimy dijo...

Yo también me pregunto lo mismo porque estoy buscando ese cuento en la red :S

Eimy dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.